La plasticidad neuronal o neuroplasticidad es un proceso de cambios a nivel cerebral como resultado adaptativo a las experiencias vividas, al aprendizaje o a la recuperación tras una lesión cerebral. Nuestro cerebro tiene la capacidad de reconfigurar su anatomía y su actividad funcional, reorganizando diferentes vías de conexión entre neuronas e incluso, creando otras nuevas para adaptarse a lo largo de toda la vida y, no solo, durante su desarrollo o maduración.

Las conexiones que se mantienen son las que más se activan durante nuestras ocupaciones, nuestra gestión emocional y nuestro procesamiento cognitivo. Si en etapas tempranas del desarrollo poseemos un gran número de conexiones sinápticas, ya que constantemente procesamos información y el aprendizaje es más rápido, de adultos esa plasticidad también está presente, solo que es menos notoria porque se potencian más las sinapsis en aquello que verdaderamente nos interesa y, se relegan por falta de uso, en las cosas que consideramos irrelevantes.

Por ejemplo, cuando somos pequeños nos resulta más fácil adquirir habilidades complejas como, montar en bicicleta, aprender un segundo idioma o tocar un instrumento musical. Pero esto no quiere decir que de adultos no podamos seguir aprendiendo unas actividades nuevas para un cambio de trabajo o, poder adaptarnos a situaciones tan desafiantes como es la rehabilitación funcional después de una lesión cerebral.

Si bien la plasticidad cerebral puede ser beneficiosa en restaurar las funciones perdidas tras una lesión, también puede ser perjudicial. Esta plasticidad desadaptativa se produce cuando algunas conexiones cerebrales provocan síntomas negativos y disfunciones, y un ejemplo de ello es el trastorno de estrés postraumático. Un evento traumático puede originar cambios neuronales persistentes en el cerebro de algunas personas, para quienes han fijado en su memoria el hecho traumático como una continua amenaza integral. Lo que puede llevar a que estos recuerdos se mantengan muy vivos, provoquen síntomas nocivos y sean difíciles de superar.

Para superar estos síntomas negativos que originó la experiencia traumática –pánico y angustia al revivir el suceso, hipervigilancia para evitar situaciones que recuerden lo sucedido o irritabilidad– disponemos de la intervención psicológica, y poco a poco poder revertir esa plasticidad que está perjudicando. Sin embargo, para favorecer una plasticidad beneficiosa podemos alimentar nuestro cerebro con experiencias enriquecedoras, en un ambiente psicológicamente positivo donde aprender cosas nuevas y fortalecer habilidades valiosas como la memoria, la creatividad o la empatía.

Se ha demostrado que ciertas acciones tienen un resultado positivo en la plasticidad cerebral. La musicoterapia mejora la cognición y otras funciones ejecutivas. El ejercicio físico y la dieta saludable mejoran la memoria episódica y la velocidad de procesamiento. Evitar la privación del sueño y reducir el estrés ayuda a mejorar la memoria, la capacidad de atención y otras áreas cognitivas (Puderbaugh y Emmady 2023).

  • Puderbaugh, M. y Emmady, P.D. (2023). Neuroplasticidad. En: StatPearls [Internet]. Treasure Island (FL): StatPearls Publishing; enero de 2025. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/sites/books/NBK557811/

Por Linette Quintero-Psicóloga