La desobediencia frecuente, los enfados y rabietas, o los gritos e insultos, son conductas disruptivas del niño/a que molestan o interrumpen la normal convivencia del hogar, la escuela o del grupo social. A menudo, estas conductas suelen ser la manifestación o síntoma de cómo se siente el niño en su interior, y que se activan por cómo valora la situación que está viviendo. Si bien, no significa que padezca un trastorno mayor, estos comportamientos implican una limitación o alteración en su desarrollo evolutivo, dificultando su aprendizaje para adaptarse a las relaciones sociales.
Por ejemplo, imaginemos un chico que sabiendo que tiene que ponerse a estudiar, no apaga el móvil. Los padres le piden: “deja de juguetear con el móvil y haz los deberes” y responde: “ahora voy”. Como se lo han repetido varias veces con un “espera” por respuesta, insisten crispados: “que dejes ya el teléfono, vago”. Su hijo al sentirse regañado y herido por la reprimenda, se pone cabezota y contesta enfadado que no quiere estudiar más. El caso es que a menudo terminan discutiendo, enrabietándose con ellos, dando gritos, portazos y hasta llega a agredirles verbalmente. También ocurre con otros deberes: “recoge tu habitación”, “dúchate” y, hasta que no se enfadan o amenazan con castigarle, no obedece.
Los padres no saben cómo actuar mejor ante el problema. Cuando escuchan frases como “ese niño necesita mano dura”, se cuestionan si la actitud de su hijo no será, intencionada y manipuladora. Pero, si observamos el ejemplo, la conducta del chico parece estar más determinada por cómo se siente ante la situación amenazadora de “estudiar”, que por ser intencional. Al “juguetear” con el móvil, consigue aplazar el tener que enfrentarse a algo que le desagrada, lo que está acorde a creencias de tipo: “soy torpe, me cuesta entender” o “soy tonto, no valgo para estudiar”.
Estas creencias inconscientes que intervienen en su conducta, están ocultas para los demás, pero forman parte de su identidad, pues las ha interiorizado en repetidas experiencias. Entonces, cuando se siente atacado y frustrado por la bronca de sus padres, aparece la ansiedad con tanta intensidad que ni él mismo sabe cómo manejar y, conforme a sus creencias, se protege furioso con esas acciones tan disruptivas.
En realidad, el “portarse mal” es síntoma de su malestar interior, es decir, es una señal de algo que está sucediendo o va a suceder. Se necesita, por lo tanto, no solo que cesen estas respuestas disruptivas que incomodan a todos, sino que se produzca un cambio en su gestión emocional, que ayude al niño a fortalecer su confianza y autoestima, y que a su vez, se convierta en una medida preventiva de futuros problemas. Por lo tanto, es conveniente que todos sepamos la mejor forma de actuar en estos casos:
- No persistir en aquello que desespera a nuestro hijo (“estudia, haz tus deberes, organízate”) y que solo consigue excitar su conducta.
- No caer en comentarios (“eres un borrico, un holgazán y nunca conseguirás nada”), que solo hacen que interiorice creencias de identidad negativa.
- Intentar averiguar qué piensa y por qué pretende evitar “estudiar”.
- Ayudarle a identificar cómo se siente y a comprender el malestar que escondía detrás de su comportamiento.
Por Linette Quintero Hawkins- Psicóloga-
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