El TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) es una alteración del neurodesarrollo y se caracteriza por un patrón persistente de inatención y/o de comportamientos impulsivos e hiperactivos. Esto implica que hay un retraso madurativo en ciertas áreas del cerebro del niño que perjudican su capacidad de organización, aprendizaje y desarrollo social. La hiperactividad-impulsividad está relacionada con ciertas funciones ejecutivas como la regulación de emociones o control inhibitorio necesario para contener impulsos, y se manifiesta con inquietud motora (no puede estarse quieto, toquetea las cosas, se balancea o se levanta del asiento en clase), verbal (habla en exceso e interrumpe a los demás, no guarda su turno) y cognitiva (toma decisiones precipitadas o no es capaz de medir las consecuencias de sus actos).
No se trata solo de que el niño se distraiga con cualquier cosa o de que incordie a todos con su ajetreo e imprudencias, sino que su impulsividad emocional, le lleva a actuar de manera rápida y sin pensar en respuesta a sus emociones. Por ejemplo, al niño con TDAH le cuesta mucho esperarse a jugar hasta cuando le han dicho sus padres y desatiende lo que está haciendo, o se impacienta cuando debe respetar el turno en el juego, e insiste una, otra y otra vez “¿Puedo jugar ya? ¿Me toca a mí?”. Muchas veces, si está entretenido con algo que le gusta y tiene que cambiar a otra actividad obligada, se enfada mucho, tarda bastante en calmarse y en reenfocarse de nuevo. Es impaciente, con baja tolerancia a la frustración y se irrita o se altera fácilmente. Al sentirse enfadado, frustrado, triste, incluso alegre por cualquier motivo, se vuelve impulsivo, exagerado o indiscreto.
La cuestión está en que la actividad neuronal entre determinadas zonas del cerebro es lenta, sufre interferencias y dificulta las funciones ejecutivas. En el niño con TDAH su área cerebral Límbica o emocional presiona hacia lo que él desea (jugar) e incita a la zona Cognitiva o racional a que piense que lo lógico es preguntar y preguntar “¿Ya puedo jugar? ¿Ya me toca?”, y cuando su lóbulo Frontal tiene que regular ese encendido deseo (jugar) y su razonada intención, es incapaz de considerar las consecuencias de otras opciones “Mejor espero, me callo, no insisto porque se van a enfadar y me quedaré sin jugar”, no consigue inhibirse y reacciona de manera impulsiva sin tener en cuenta lo que le conviene. Esta incapacidad de autocontrol emocional que tiene el cerebro para aplazar su satisfacción, es la que no le permite tolerar la frustración y sopesar una mejor respuesta en cuanto a cómo y cuándo emitirla.
Por eso, ayudarle a autorregularse y a tomar conciencia de su problema es clave para minimizar la repercusión que tiene en su vida. Para que aprenda a que “mejor es aguantarse”, podemos ensayar con él lo que va a pasarle en situaciones cotidianas, qué es lo que posiblemente va a sentir y cómo debe actuar de manera apropiada. Practicarlo hasta que integre la rutina. Señalar límites claros, comprensibles y mantenerlos con firmeza, pero sin gritos. Elogiar inmediatamente sus pequeños avances. Transmitirle plena confianza, que independientemente de sus dificultades, con su esfuerzo y trabajo, lo conseguirá. Lo principal para el niño es su desarrollo personal y cuidar una buena relación con él es necesario.
Por Linette Quintero Hawkins-Psicóloga-
Comentarios recientes