UN APEGO QUE APORTA AL NIÑO CONFIANZA Y SEGURIDAD 

Las situaciones de miedo siempre han perturbado la seguridad del niño y, para su regulación emocional, el cerebro ha ido configurando un mecanismo neural que controla y guía el comportamiento. Según John Bowlby, nacemos con la necesidad de afecto, de apegarnos o vincularnos a quienes nos cuidan y protegen. Hay algo que impulsa a los padres a cuidar a sus bebés y, a la vez, un mecanismo de supervivencia en los bebés para atraer y dejarse cuidar. El miedo desde pequeños a ser abandonado o no querido por los padres (o cuidadores) activa ese mecanismo, de apego. Tener un apego ansioso sería, cuando el bebé se percata de la no presencia de su madre, la busca enfadado (con gritos y lloros) y al volver, no se separa de ella y tarda en desenfadarse. En un apego evitativo, no parece importarle la marcha de la madre ni le presta mucha atención cuando vuelve.

En cambio, en un apego seguro, el bebé se disgusta si no la ve (y llora), pero a su regreso enseguida se calma en sus brazos y vuelve a la normalidad. Estamos ante una madre comprensiva que frecuentemente ha actuado de manera tranquila, estable y segura, y con ello, está formándose en su bebé la confianza y seguridad que necesita. Pues bien, para los bebés esta necesidad es tan básica que si no estuviera regulada y satisfecha, igual que pasa con el hambre o el sueño, provocaría tal desequilibrio que condicionaría su desarrollo socioemocional posterior. Esto se pudo comprobar, por ejemplo, en bebés de orfanatos que no tuvieron cubiertas estas necesidades de conexión física y emocional (como pasarse el día en la cuna sin ser atendidos, salvo en el aseo y alimentación, ni ser cogidos en brazos), y que a lo largo de los años presentaron problemas de conducta, ansiedad severa o serios retrasos en las funciones cognitivas, el desarrollo motor y el lenguaje.

Por ello, es importante formar durante la infancia un apego seguro, donde el niño esté tranquilo para responder mejor a las situaciones de miedo (como si de una guarida se tratara para otras especies). La seguridad del niño proviene de sentir que un adulto se hace cargo de él física y emocionalmente. Los adultos debiéramos funcionar, por tanto, como un refugio (o figura de apego) donde el niño se sienta seguro y pueda acudir cuando se encuentra ansioso, cansado o temeroso. En la medida que el niño integre que su figura de apego es el soporte que siempre le apoya, tendrá mayor confianza en sí mismo y autonomía para relacionarse y explorar el mundo.

Los padres principalmente, además de estar disponibles y atentos a los temores de los hijos, deberían transmitir unos comportamientos que favorezcan un apego seguro. Mostrar comprensión y calma cuando el niño se frustra o se angustia, pues serán el espejo donde el niño se mire para aprender a regularse o tranquilizarse. Generar un ambiente cálido y agradable alrededor del niño donde disfrute de las relaciones. Darse cuenta de lo que siente, de lo que necesita, dejando que el niño se exprese y validando sus emociones. Responder según las necesidades del niño, no las suyas propias. Establecer límites claros y respetuosos con amor les da seguridad. Celebrar sus logros sin comparaciones les da confianza. 

Por Linette Quintero Hawkins-Psicóloga.